
En la tierra de Dios había unos enemigos que querían esa tierra. El
pueblo de Dios estaba en batalla con ellos. Ellos sabían que Dios
les iba a ayudar y que ellos iban a ganar la batalla.
Un día, los filisteos hicieron un desafió al pueblo de Dios. Los
filisteos eran orgullosos y confiaban en que ellos podían ganar la
batalla. Ellos tenían un hombre que era malo, era fuerte y era alto.
Su nombre era
Goliat
y medía más de nueve pies. Medía casi la altura de unos de los arcos
del basketball que miden diez pies.
Goliat no amaba a Dios. Era orgulloso y se amaba a si mismo mas que
a los demás. El filisteo salía del monte por la mañana y por la
tarde a desafiar a los israelitas, y así lo estuvo haciendo durante
cuarenta días. Pedía un israelita valiente que peleara en contra de
él.
Un día, un
joven pastor llamado David oyó lo que había dicho Goliat y le dijo
al rey que él quería luchar contra Goliat. David no podía creer lo
que Goliat decía en contra del ejército de Dios. Él sabía que Dios
es más grande que cualquier persona de nueve pies.
El rey Saúl le preocupaba que David fuera tan pequeño
para pelear con un guerrero tan grande.
David le contó a Saúl como había matado a un león y un oso. Después
de oír su historia Saúl decidió permitir que David peleara contra
Goliat.
Saúl le dio armadura especial para que se pusiera David. La
armadura estaba muy pesada , casi no podía caminar. Él se quitó la
armadura y fue al rió a escoger cinco piedras lisas y se las puso en
la bolsa.
Goliat le echó una mirada a David y, al darse cuenta de que era
apenas un muchacho, se rió de David con desprecio le dijo:
—¡Ven acá,
que les voy a echar tu carne a las aves del cielo!
David le contestó :
— ¡Tú vienes
contra mi con espada, lanza y jabalina, pero yo vengo a ti en el
nombre del Señor Todopoderoso.
David corrió rápidamente hacia la línea de batalla para hacerle
frente a Goliat.
Metiendo la mano en su bolsa sacó una piedra, y con la honda se
lanzo al filisteo, hiriéndolo en la frente. David lo hirió de muerte
con una honda y una piedra. Dios lo ayudó.

Él
sabía que Dios es más grande que cualquier persona de nueve pies.

Él confiaba en Dios y sabia que Dios ganaría la batalla. Nosotros
podemos creer y saber que Dios nos ayudará a nosotros también.
NUNCA DIGAS NO PUEDO.
Se fiel a la
Palabra del Señor, y nunca tengas temor a lo que
aparentemente parezca un obstáculo insuperable. Todo tiene
solución aunque hayan gigantes frente a tí, recuerda no es con
espada, ni con ejército, es con su
Santo
Espíritu.

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