MIME-Version: 1.0 Content-Type: multipart/related; boundary="----=_NextPart_01C59D0A.7DE96A10" This document is a Single File Web Page, also known as a Web Archive file. If you are seeing this message, your browser or editor doesn't support Web Archive files. Please download a browser that supports Web Archive, such as Microsoft Internet Explorer. ------=_NextPart_01C59D0A.7DE96A10 Content-Location: file:///C:/8F9644C9/DescodificandoElCodigoDaVinci.htm Content-Transfer-Encoding: quoted-printable Content-Type: text/html; charset="us-ascii" Descodificando al Da Vinci

Descodificando a Da Vinci<= /i>

 =

Los hechos reales ocultos en

El Código DaVinci

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 AMY WELBORN

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“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”.

SAN JERÓNIMO

Prólogo a Isaías 

 

Índice=

 

Prólogo

Cómo usar este d= ocumento

Introducción

Capítulo  1.Secretos y mentiras

Capítulo  2. ¿Quién seleccionó los Evangelios?

Capítulo  3. Elección divina

Capítulo  4. ¿Reyes derrocados?

Capítulo  5. María, llamada Magdalena

Capítulo  6= . ¿La era de las diosas?

Capítulo  7. ¿Dioses robados? El cristianismo y las religiones mistéricas<= /span>

Capítulo  8. ¿Seguro que ha entendido correctamente a Leonardo?=

Capítulo  9= . El Grial, el Priorato y los Caballeros Templarios

Capítulo10. El código católico

Epílogo: ¿= ;Por qué importa?

 

Prólogo

  &nbs= p;   En la primavera del 2003, Doubleday publicó una novela titula= da The Da Vinci Code, de Dan Brown.

Desembarcó apoyada por una extraordinariamente intensa campaña de marketing previa a su aparición, y al cabo= de poco más de un año, había vendido casi seis millones de ejemplares; y muy pronto podréis ver en cualquier sala cercana una película sobre ella dirigida por Ron Howard (Apolo 13, Una mente maravillosa).

Las estanterías de vuestra librería local están repletas de novelas de intriga, pero parece suceder algo especial con El Códi= go Da Vinci... la gente no habla de ella como de las novelas de James Patterson o John Grisham. ¿Qué está pasando?

Bue= no; para decir toda la verdad, lo primero que está pasando es que cuenta= con un marketing espléndido. Es importante ser conscientes de que en est= os días, si un producto especial va rodeado de un “zumbido”= , en la mayoría de los casos se debe a que la compañía ha trabajado duro para crear ese zumbido, como hizo Doubleday con este libro antes de su publicación.

Per= o, por supuesto, hay algo más. Una vez que la gente empieza a leer no puede evitar preguntarse por algunas de las desconcertantes afirmaciones que el autor, Dan Brown, expresa en su novela:

·        ¿Empleó realmente Le= onardo da Vinci su arte para comunicar sus conocimientos secretos sobre el Santo Grial?

·        ¿Es cierto que los Evangeli= os no relatan la verdadera historia de Jesús?

·        ¿Estuvieron casados Jes&uac= ute;s y María Magdalena?

·        ¿Designó Jesús realmente a María Magdalena cono líder de su movimiento, y no= a Pedro?

Lo que parece intrigar a los lectores es que los personajes de la novela tienen respuesta= a sus preguntas,  y que las expresan en el libro como hechos basados obj= etivamente, apoyados en el trabajo y en las opiniones de historiadores e investigadores. Brown llega incluso a citar libros reales como fuentes de su novela. Naturalmente los lectores se preguntan cómo no habían o&iacut= e;do hablar antes de todo esto. Y también se preguntan si lo que dice Bro= wn es verdad y qué implicaciones puede tener para su fe. Después= de todo, si lo que narran los Evangelios es falso, ¿no será una mentira todo el cristianismo?

Este libro pretende ayudaros a desenredar todo esto y a explorar la verdad que oculta El Código Da Vinci. Investigaremos las fuentes de Brow= n y veremos si merecen ser consideradas como testimonios históricos. Estudiaremos la exactitud de sus interpretaciones de los escritos del cristianismo primitivo, sus enseñanzas y sus controversias, unos hec= hos que han sido ampliamente documentados y estudiados durante cientos de años por investigadores inteligentes y sin prejuicios. Y a lo largo = de este estudio encontraremos un número sorprendente de errores flagran= tes y manifiestos tanto sobre temas importantes como de poca importancia que deberían llamarnos la atención al leer la novela, considerándola como de ciencia ficción.

En = El Código Da Vinci se nos recuerda constantemente que las cosas no = son realmente como parecen.

Lee= d este libro sin prejuicios y descubriréis dónde está la auténtica verdad.

 

Cómo usar este documento=

No necesitas leer El Código Da Vinci para sacar provecho de este libro: te proporciona una sinopsis del argumento que te ayudará a comprender las importantes cuestiones que plantea la novela con objeto de q= ue estés mejor informado cuando las discutas con otros.

En = Descodificando a Da Vinci, he tratado las cuestiones más frecuentes que me han planteado los lectores de aquella novela, especialmente las que se refieren= a temas históricos y teológicos. Este documento encierra también un material que corrige y clarifica muchos de los errores e inexactitudes que se contienen en El Código Da Vinci.<= /p>

Este documento será útil a individuos y a grupos.

Las afirmaciones de la novela dan pie a un propósito más importan= te. El hecho de examinarlas nos brinda la oportunidad de repasar la enseñanza cristiana sobre la persona de Jesucristo y su misió= n, la historia de la Iglesia de los primeros siglos, el papel de las mujeres e= n la religión y la conexión entre la fe apostólica y la fe = de nuestros días. Tanto si has leído la novela como si no, espero que encuentres en este documento una oportunidad para crecer en el conocimi= ento de las raíces históricas de la auténtica fe cristiana.=

 

Introducción

       El Código Da Vinci incluye unos elementos atractivos para muchos lectores: intriga, secretos, un enigma, un indicio de romance, la sospecha = de que el mundo no es lo que parece y que los poderes establecidos no desean q= ue conozcas la verdad que está ahí fuera.

La = novela comienza cuando Robert Langdon, personaje que es profesor de “simbología religiosa” en Harvard (por cierto, esa asignatura no existe), de visita en París, es convocado a la escena = de un crimen en el Louvre. Otro personaje, un conservador del museo, llamado Jacques Sauniere, considerado un experto en diosas y en “lo sagrado femenino”, aparece muerto probablemente, asesinado en una de las galerías.

Par= ece que, antes de su muerte, Sauniere tuvo tiempo para colocarse sobre el suelo= en la postura del dibujo de Leonardo da Vinci, Homo vitruvianus la famo= sa imagen de una figura humana con los brazos extendidos dentro de un círculo así como para dejar dibujados sobre su cuerpo, con su propia sangre, algunas otras claves relacionadas con números, anagra= mas y el símbolo de un pentáculo.

En = ese momento, aparece en escena sophie Neveu, una criptóloga que es también la nieta de Sauniere. Ha recibido una llamada de su abuelo pidiéndole que vaya a verle para reconciliarse con ella y darle a co= nocer algo importante relacionado con la familia. Sophie logra descifrar las clav= es que ha dejado su abuelo, mantiene varias conversaciones con Langdon a propósito del culto a las diosas, encuentra una clave muy importante oculta detrás de otra pintura de Leonardo, y... hasta aquí.

&iq= uest;Quién mató a Sauniere? ¿Qué secreto guardaba? ¿Qu&eac= ute; deseaba que supiera Sophie? ¿Por qué el personaje del “monje” albino del Opus Dei pretendía matar a todo el mu= ndo? El resto de la novela abarca quinientas cincuenta y siete páginas en ciento cinco capítulos, pero, sorprendentemente, su trama, que ocupa poco más de un día, nos remite a varios lugares europeos junt= o a Langdon y Sophie, en busca de una respuesta que, sencillamente, es la siguiente:

(Pe= rdón por descubrir la trama, pero no hay más remedio que hacerlo).=

Sau= niere era el Gran Maestre de una oscura sociedad secreta llamada el “Priora= to de Sión”, dedicada a la causa de proteger la verdad sobre Jesús, María Magdalena y, por extensión, a toda la raza humana.

Según= se nos dice en el libro, originalmente y durante milenios, la humanidad practicaba= una espiritualidad equilibrada entre lo masculino y lo femenino en la que se veneraba a las diosas y al poder de las mujeres.

Est= e fue el mensaje de Jesús. Vivió y predicó un mensaje de paz, amor y unidad humana, y para plasmarlo, tomó como esposa a Mar&iacut= e;a Magdalena y le confió el liderazgo de este movimiento. En el momento= de la crucifixión, ella estaba embarazada del hijo de ambos.

Ped= ro, celoso del papel de María, se puso a la cabeza del movimiento formad= o en torno a Jesús, dedicándose exclusivamente a suprimir la auténtica enseñanza del Maestro, sustituyéndola por la suya propia, y suplantando a María Magdalena como líder de ese movimiento.

Mar= ía se vio obligada a huir a Francia, donde finalmente murió. Ella y el = hijo póstumo de Jesús fueron el origen de la dinastía merovingia francesa, y ella la “deidad femenina” que encarnaba –no una copa material son el auténtico “Santo Grial̶= 1;.

¿Fue la familia real merovingia la fundadora de París, como dice Brown? (ver El Código Da Vinci , p. 3= 19). Nada más lejos de la realidad. París fue fundada por una tribu céltica gala llamada los Parisii en el siglo III a.C. Los merovingios hicieron de París la capital del reino franco en el 508 d.C.<= /b>

De = este modo, según la novela, la historia de los dos mil años pasados es, = en el trasfondo de los acontecimientos relatados en los libros de historia (por los “vencedores”, por supuesto), la historia de la lucha entre = la Iglesia católica, (atención: no el cristianismo en su conjunt= o, sino la Iglesia católica) y el Priorato de Sión. La Iglesia, después de establecer el Canon de la Sagrada Escritura, las verdades doctrinales e, incluso, el trato con las mujeres, trató de ocultar la verdad sobre el Santo Grial y, por extensión sobre la “deidad femenina”, mientras que los Caballeros Templarios y el Priorato de Sión luchaban por proteger el Santo Grial (que eran los huesos de María), su descendencia y la devoción a lo “sagrado femenino”.

Sau= niere custodiaba estos conocimientos, unos conocimientos que Leonardo da Vinci, miembro del Priorato, había incluido en su obra. Además, Saun= iere tenía un interés personal en el asunto: él y, en consecuencia, su nieta Sophie pertenecían a la dinastía merovingia. Por supuesto, Sophie desconocía todo aquello y llevaba varios años distanciada de su abuelo porque una vez irrumpió = en una habitación secreta de su casa de campo y lo encontró con = una mujer en una especie de éxtasis ritual sexual al que acompaña= ban los cánticos de una multitud de espectadores enmascarados.

Por supuesto, al final veremos que la mujer era su abuela y que lo que hac&iacu= te;a con su abuelo en aquella habitación era mantener viva la fe. También nos enteramos de que el “Grial” –los resto= s de María Magdalena y los documentos que acreditan su descendencia están enterrados en el interior de los setenta pies de la brillante pirámide de cristal del arquitecto I. M. Pie, situada en la nueva entrada del Louvre, donde, al final de la novela, Langdon cae respetuosamen= te de rodillas, oyendo, según cree, la sabiduría de los Tiempos a través de la voz de una mujer que le llega desde lo más profu= ndo de la tierra.

 

Nada nuevo bajo el sol

Muc= hos de los argumentos en los que se apoya la trama de El Código Da Vinci= pueden parecer nuevos e intrincadamente ingeniosos, pero la dura realidad es que la mayor parte de ellos no son nuevos en absoluto.

Lo = que Brown ha hecho es, simplemente, tejer cierto número de tramas especulativas, añadir tradiciones esotéricas y pseudohistorias publicadas en otros libros, y agruparlas en las páginas del suyo. Si estás familiarizado con esos otros, te sorprenderá lo mucho q= ue hay de ellos en esta novela.

En = su página web, Brown incluye una bibliografía, y en su obra cita algunos de esos libros. Divide sus fuentes en tres categorías básicas:

1.<= /span>     Holy Blood, Holy Grail (traducido en España por <= span style=3D'font-family:Arial'>El enigma sagrado) y sus secuelas. Este libro, escrito por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, fue publicado en 1981 y empleado como guión de un programa de televisión de la BBC. Calificado de h= echo real, fue ridiculizado y tomado como trabajo de mera especulación, l= leno de suposiciones infundadas y basado en documentos fraudulentos. En el momen= to de la publicación del libro, sus autores eran: un profesor licenciad= o en psicología, un novelista y un productor  Lynn Pycknett y Clive Prince, expertos en fenómenos paranormales, que también cuent= an en su haber con The Mammoth Book of UFOs. Toda la parte que se refie= re a Jesús María MagdalenaSanto GrialPriorato de Sión que a= parece en El Código Da Vinci procede de esos dos libros.

2.<= /span>     Lo “sagrado femenino”. A partir del siglo XIX surgieron ciertas especulaciones sobre esa edad perdida de las diosas, durante la cual, la “divinidad femenina” fue venerada, un período que fue su= stituido por un patriarcado belicista. Años más tarde, algunos escrito= res han mezclado esta teoría con sus ideas de María Magdalena. Una americana llamada Margaret Starbird  ha hecho su particular cruzada en varios libros. La descripción que hace Brown de María Magdale= na procede del trabajo de Starbird, en especial, de The Woman with the Alabaster Jar (traducida en castellano como María Magdalena ¿la esposa de Jesús?), que la misma autora califica de “ficción”.

3.<= /span>     Gnosticismo. Como veremos más adelante, el “gnosticismo” era un siste= ma intelectual y espiritual ampliamente difundido en el mundo antiguo. Tiene numerosas facetas pero, en pocas palabras, la mayor parte del pensamiento gnóstico es esotérico (dice que el verdadero conocimiento sólo es accesible a unos pocos –la palabra “gnosis” significa “conocimiento”) y ese pensamiento también es antimaterial (consideran funesto el mundo material, incluido el cuerpo).

Exi= sten escritos desde el siglo II hasta el siglo V que son síntesis claras = del pensamiento gnóstico y del cristiano. Los eruditos tienen distintos criterios sobre estos escritos, pero la mayor parte datan de una épo= ca muy posterior a los Evangelios, con –y esto es importante una esca= sa, si la hay, visión objetiva de las auténticas palabras y he= chos de Jesús. Brown ignora esta opinión, y prefiere fiarse de= los trabajos de una exigua minoría de escritores eruditos y no eruditos = que creen que los escritos gnósticos reflejan la realidad del primitivo movimiento formado en torno a Jesús. Y Brown basa en esos trabajos s= us descripciones de lo que “realmente” enseñó Jesús.

Est= as fuentes deberían hacer saltar inmediatamente las señales de alarma. En su bibliografía no figura un trabajo serio sobre la histo= ria del cristianismo, ni un solo trabajo significativo sobre el Nuevo Testament= o, ni siquiera un volumen de calidad al alcance de cualquier estudiante intere= sado en la historia del cristianismo primitivo. Tampoco cita al Nuevo Testamento como fuente de la historia del Cristianismo de los primeros tiempos.=

En = las entrevistas que le han hecho los medios de comunicación, Brown insis= te en que parte de su trabajo consiste en recuperar esa historia perdida que s= e ha hecho desaparecer. Y le complace afirmar que la historia está “escrita por los vencedores”. Esto significa que, si consideras= los acontecimientos históricos como una lucha entre fuerzas, los vencedo= res harán su propio relato de ella, y esa será la versión = que perdurará. Las fuentes que emplea pretenden ofrecer esa “histo= ria perdida”.

Por supuesto, en este punto de vista hay un fondo de verdad. La historia nunca = se escribe de un modo completamente objetivo, porque los seres humanos nunca s= on completamente objetivos. Siempre vemos y relatamos los sucesos desde nuestra perspectiva. Por ejemplo, cada uno de los implicados en un accidente ofrece= una versión ligeramente distinta del suceso. Pero eso no significa que el accidente no haya tenido lugar. Aunque los testigos pueden no estar seguros= de cómo se produjo, y la víctima tenga una versión distin= ta de la del culpable, no hay duda de que hubo un accidente, ni tampoco= hay duda de que, a pesar de las limitaciones de los testigos, hay una verdad objetiva sobre quién lo causó, independientemente de lo difícil que sea descubrirla.

Suc= ede lo mismo con los relatos históricos. Es cierto que, en tiempos reciente= s, la historia de la conquista del Oeste se contó desde la perspectiva europea: los “vencedores”. Actualmente, los eruditos han intent= ado contarla desde otro lado de la historia, el de los pueblos nativos, cuya perspectiva de los hechos es, obviamente, distinta. No hay duda, pues, de q= ue hay algo más en la conquista de América del Norte de lo que cuentan los conquistadores y de lo que cuentan los pueblos nativos, y que ninguno de nosotros llegará a conocer completamente. Sin embargo, lo= que sigue siendo cierto es que la conquista tuvo lugar, independientemen= te de los motivos y las consecuencias que, con la información adecuada, podemos llegar a percibir, incluso si se interpretan de modo diferente.

Sin embargo, en El Código Da Vinci, Brown utiliza la expresi&oacu= te;n “la historia la escriben los vencedores” para insinuar que la historia del cristianismo en su conjunto, empezando por el mismo Jesú= ;s, es una mentira, escrita por aquellos que estaban dispuestos a suprim= ir el “auténtico” mensaje de Jesús. Y no estamos hablan= do de diferentes interpretaciones de su vida y de su mensaje, se trata de los datos fundamentales: que lo que leemos en el Nuevo Testamento y en los rela= tos de la primitiva cristiandad no describe fielmente lo que sucedió en realidad.

En = la novela, el personaje erudito de Sir Leigh Teabing dice tajantemente que, en= la primitiva cristiandad, los “herejes” –a los que Brown cita como representados por sus escritos gnósticos fueron los que permanecieron fieles a la “historia original de Cristo” (p. 305= ).

Aqu= í reside lo fundamental y esta es una acusación seria. Dedicaremos el resto de esta obra a examinar esas afirmaciones detalladamente, pero es aún más importante exponer el armazón básico al= que hemos de enfrentarnos para ver así lo que está en juego.

Bro= wn afirma que Jesús deseaba que sus seguidores tuvieran un gran conocimiento de “lo sagrado femenino”. Dice que este movimiento, bajo el liderazgo y la inspiración de María Magdalena, se desarrolló durante los tres primeros siglos hasta que fue brutalmente suprimido por el Emperador Constantino.

= No existe evidencia alguna que indique que esto es cierto. No sucedió.<= /span>

Cie= rtamente, en el cristianismo primitivo hubo divergencias. No hay duda de que se produjeron unas intensas discusiones sobre lo que Jesús había dicho y lo que quería decir. Existe también una clara evidenc= ia de que, en algunas comunidades, las mujeres desempeñaron papeles de importancia en la cristiandad –tales como el de diaconisa que finalme= nte desaparecieron (y de los que, incidentalmente, se están recuperando diversos modos).

Per= o lo que en realidad es preciso saber es que ninguna de esas diversidades, cambi= os o desarrollos en la historia de la primitiva cristiandad tuvieron lugar del m= odo en que El Código Da Vinci lo sugiere. Cuando los líder= es de los primeros cristianos trataron de afirmar la verdad de la enseñ= anza de Cristo, sus opiniones no se referían al sexo o al poder. Como se deduce de sus escritos –si nos tomamos la molestia de leerlos, tratab= an sobre la fe en lo que Jesús hizo y dijo.

Hay= una enorme cantidad de datos sobre la primitiva cristiandad que desconocemos o = de los que no estamos seguros: temas que expertos serios han discutido amplia y libremente durante años, y en ocasiones, incluso dos mil años después de los sucesos: evidencias nuevas que vienen a iluminar lo q= ue expresa la imagen que tenemos.

No obstante, no encontrarás ningún trabajo que estudie seriament= e la sugerencia de que la misión de Jesús consistió en hacer que María Magdalena fuera portadora de su mensaje de “lo sagra= do femenino”.

Las fuentes dignas de crédito ni siquiera insinúan algo semejante= . Y las fuentes de los expertos dignos de crédito indican también= que muchas de las afirmaciones de Brown –sobre todo, en lo que se refiere= al mito de la naturaleza del Grial, al del Priorato de Sión o al papel = del culto a las diosas en el mundo antiguo no se apoyan en unas evidencias que = se mantengan en pie.

Y, = como veremos según avancemos en la dificultosa lectura de esa novela, hay otras muchas aseveraciones curiosas, extravagantes y plagadas de errores. D= esde las afirmaciones de la geografía de París hasta las que se refieren a la vida de Leonardo da Vinci, no hay razón alguna para considerar este libro como una fuente medianamente creíble sobre = ningún campo de estudio, excepto, quizá, la criptografía.

 

“Calma, no es más que una novela&#= 8221;  

= El Código Da Vinci ha prod= ucido una auténtica conmoción y, junto a esa conmoción, surg= en llamadas a la tranquilidad y a dejar que se olvide todo el asunto. Yo las he oído continuamente.

= 220;Solamente es una novela”, dicen algunos. “Todo el mundo sabe que es una ficción. Así que ¿porqué no aceptarla como tal?”.

Pues bien, hay algunas razones por las que no podemos hacerlo. En primer lugar, = nada es “sólo una novela”. La cultura importa. La cultura informa. Siempre estaremos interesados en los contenidos de la cultura y en= su impacto sobre nosotros, con independencia de que hablemos de arte, de cine,= de música o de literatura.

M&a= acute;s concretamente, el autor de este libro tan especial sugiere que, realmente, = hay en él más trabajo que imaginación, y anima a sus lecto= res a que acepten como realidades algunas aseveraciones problemáticas so= bre la historia.

Des= de luego, existe una larga tradición –que data desde los primeros días del cristianismo que entreteje los hechos conocidos sobre Jesús con unas historias imaginarias, comparables a la tradici&oacut= e;n judía de la “midrash”. Por ejemplo, abundan las leyendas sobre la Sagrada Familia, Como la que dice que la planta del romero recibió su dulce aroma como premio, después de que Marí= ;a pusiera a secar su túnica sobre uno de esos arbustos durante la huid= a a Egipto.

A través de los años, el arte cristiano está lleno de detalles interesantes y a menudo iluminadores  que no están bas= ados en las palabras de la Sagrada Escritura o en la primitiva tradición cristiana. Y en las últimas décadas, los escritores de ficción han ganado lo suyo usando la historia de Jesús como argumento para sus novelas: La Túnica, de Lloyd C. Douglas, y= El Cáliz de Plata, de Thomas Costain, son dos ejemplos muy populares entre otros muchos en los que incidentalmente se trata el tema del santo Gr= ial.

La ficción histórica es un género muy popular; pero al escribirla, el autor hace un trato implícito con el lector. É= l o ella prometen que, aunque en la novela aparecen unos personajes implicados = en actuaciones imaginarias, la trama histórica fundamental es correcta.= De hecho, son muchas las personas que disfrutan leyendo este tipo de ficci&oac= ute;n porque es una manera amena de aprender historia sin gran esfuerzo. <= /p>

= El Código Da Vinci es dife= rente. En los ejemplos anteriores, todo el mundo, desde el autor hasta el espectad= or o el lector, capta la diferencia entre hechos conocidos y detalles imaginario= s y, cuando la aplica, confía en una responsabilidad básica y espe= ra una credibilidad histórica. El Código Da Vinci presenta los detalles imaginarios y las falsas afirmaciones históricas como hechos y como resultado de investigaciones históricas serias que, sencillamente, no lo son.

Como vimos en el capítulo anterior, Brown ofrece una extensa bibliografía de los trabajos que ha empleado al escribir la novela, todos los cuales muestran un barniz histórico, aunque la mayor&iacut= e;a de esos libros no hablan de historia auténtica.

En = la presentación del libro, Brown presenta una lista de datos contenidos= en su novela. Afirma que el Priorato de Sión es una organización real; y lo mismo dice del Opus Dei. Y termina afirmando: “Todas las descripciones de obras de arte, arquitectura y rituales secretos de esta no= vela son exactos”.

No incluye de modo explícito en su lista las diversas declaraciones sob= re los orígenes del cristianismo que pueblan la novela, pero está= ;n implícitas en la inclusión de “documentos” que realiza. Y abundando en ello, Brown pone siempre en boca de sus personajes eruditos (en especial, las de Langdon y Teabing) todas las aseveraciones so= bre los orígenes del cristianismo; los personajes suelen citar trabajos contemporáneos reales y basan sus afirmaciones en frases tales como “los historiadores se asombran de que...” y “afortunadame= nte para los historiadores...” y “muchos expertos afirman...”= .

Est= as disquisiciones funcionan como un recurso para comunicar ideas de Holy Bl= ood, Holy Grail (el enigma sagrado), de Margaret Starbird o de algunos otros= , y hacerlo de tal modo que parezcan objetivas y aceptadas por “historiadores” y “expertos”.

Ade= más, Brown se ratifica en las entrevistas como un experto en sus métodos = y en sus objetivos. Afirma repetidamente que le encanta compartir sus descubrimientos con los lectores porque desea participar en el relato de es= ta “historia perdida”. Dicho de otro modo, Brown sugiere que parte= de lo que intenta hacer con El Código Da Vinci es enseñar= una parte de la historia.

= 220;Hace dos mil años vivíamos en un mundo de dioses y diosas. Hoy viv= imos solamente en un mundo de dioses. En la mayoría de las culturas, las mujeres fueron despojadas de su poder espiritual. La novela se relaciona co= n el cómo y porqué se produjo ese cambio... y qué lecciones= hemos de aprender respecto a nuestro futuro” (www.danbrown.com).

Y, sorprendentemente, los lectores aceptan en gran medida esas teorías = como si fueran hechos. Para comprobarlo, sólo basta leer en Amazon.com los comentarios de los lectores, o estudiar detenidamente las muchas historias = que relatan los periódicos sobre el impacto de este libro. Quizá empezaste a leerlo porque llegaste incluso a tropezar con reacciones como e= sas, entre tu propia familia o tus amigos.

Pue= s no; no es “sólo una novela”. El Código Da Vinci se propone enseñar historia en el contexto de una ficción. Echem= os una mirada sobre ese plan de estudio.

 

Capítulo 1

Secretos y menti= ras

Tod= o El Código Da Vinci está basado en secretos: sociedades secre= tas, conocimientos secretos, documentos secretos e incluso, familias secretas.

El secreto más importante, por supuesto, se refiere a Jesús y a María Magdalena. Los personajes de Brown afirman con frecuencia que = el conocimiento tradicional cristiano de la vida de Jesús y de su ministerio es falso. Esto significaría que el Nuevo Testamento, y la base de ese conocimiento, no merece ser considerado como una fuente de información.

Ya está. Así lo afirma la novela y no da más explicacione= s. Déjate intrigar por las posibilidades, si quieres, pero si das crédito alguno a las supuestas afirmaciones históricas de = El Código Da Vinci, llevarás las cosas a su final lóg= ico; al rechazo del relato de Jesús que hace el Nuevo Testamento, de su misión y de los primeros tiempos del cristianismo.

&iq= uest;Es una postura razonable? ¿Será realmente inútil el Nuevo Testamento o, lo que es peor será un fraude?

Con= sideremos también esto: ¿Acaso las fuentes que emplea Brown sobre Jesús son realmente superiores a las del Nuevo Testamento?

Por= ejemplo, todos esos otros “evangelios”, de los que hablan continuamente = los personajes de Brown, esos misteriosos escritos. ¿Hemos de creer que dicen la verdad sobre Jesús sólo porque ellos así lo afirman? Veamos.

 

Evangelios gnósticos=

Com= o ya hemos apuntado, las ideas de Brown sobre Jesús, María y el Sa= nto Grial proceden de libros pseudohistóricos como El enigma sagrado = y La revelación de los Templarios. No obstante cuando describe = lo que asegura ser la auténtica naturaleza de la misión de Jesús y el papel de María Magdalena en ella, se remite a otras fuentes.

Con= cretamente, en la página 305 y siguientes, el personaje del historiador, Teabing= , se refiere a Los Evangelios gnósticos, como pruebas de la histor= ia que está urdiendo sobre Jesús. Dice que hablan de “la misión de Cristo en términos muy humanos” y cita algunos pasajes que describen la estrecha relación que existía entre Jesús y María Magdalena, una relación que habría provocado los celos de los apóstoles.

Seg= ún Teabing, todo ello revela el auténtico papel de María Magdale= na como paladín y preeminente destinataria de la transmisión de = la sabiduría de Jesús, y crea el marco adecuado para el enfrentamiento entre ella y Pedro, un enfrentamiento que emana claramente d= e otras teorías procedentes de distintos libros.

Pero ¿hacen honor a tal dislate esos escritos? ¿Hemos de confiar en que nos dicen la verdad sobre la vida, el mensaje y la misión de Jesús? Y ¿es realmente un ser “humano” encantador= el Jesús que nos presentan, como afirma Brown?

Cla= ramente, los “Evangelios gnósticos”, como se les llama, son documentos reales. Tienen siglos de antigüedad, desde luego, pero, hablando con propiedad, no son evangelios, sino el resultado de un movimien= to confuso y difícil de precisar, muy extendido en el mundo antiguo dur= ante los siglos II y III y cientos de años después.

El gnosticismo no fue un movimiento organizado. Era claramente distinto de las sectas gnósticas, pero sus conceptos y las líneas de pensamie= nto se infiltraron en otros sistemas intelectuales de la época. Se podía comparar con el impacto del movimiento del “sé tú mismo” americano, y del “saca lo mejor que hay en ti”, de los últimos veinte años. Parece que, mires donde mires, oyes recomendaciones tales como “sé tú mismoR= 21;. Lo verás impregnado en los programas de televisión, las películas, la música, los negocios, la educación e incluso, las iglesias. No es un movimiento organizado, no tiene un liderazgo central, se manifiesta de distintas formas, unas más explícit= as que otras, pero, claramente, está ahí.

El pensamiento gnóstico, distinto en los diferentes lugares y épocas, suele implicar unos cuantos temas constantes:

·        El origen de la bondad, de una vida auténtica, es lo espiritual.

·        El mundo material y corpóre= o es funesto.

·        La grave situación de la humanidad se debe al encarcelamiento de ese “destello” espiritu= al dentro de la prisión del cuerpo material.

·        La salvación o liberaci&oac= ute;n de este espíritu aprisionado se logra alcanzando el conocimiento (“gnosis” significa conocimiento).

·        Son escasas las personas dignas de llegar a ese conocimiento secreto.

En el mundo = antiguo existían infinitas variaciones del pensamiento gnóstico, algu= nas de las cuales incluían jerarquías elaboradas y ritos complica= dos.

Ine= vitablemente, los elementos gnósticos se abrieron camino dentro de la ideolog&iacu= te;a de algunos cristianos (tal como el lenguaje del esfuerzo personal y del “sé tú mismo” se ha deslizado sigilosamente en el modo en que hablamos de nuestra fe). Durante los siglos II y III, el gnosticismo tuvo un atractivo especial y planteó a los pensadores cristianos su primer desafío teológico real. Generalmente las versiones gnósticas del cristianismo denigraban al Antiguo Testament= o, rebajaban o negaban la humanidad de Jesús e ignoraban su pasió= ;n y su crucifixión.

Los gn&oacut= e;sticos escribían sobre sus creencias, atraían a sus seguidores y los captaban con su enseñanza y sus ritos secretos. Durante los primeros años de su edad adulta, el gran san Agustín fue miembro de una secta gnóstica llama­da los Maniqueos, que por cierto, abandonó tras haber comprobado honradamente lo absurdo y lo inconsistente de dicha enseñanza.

Contra las herejías: Algunos trabajos de los siglos II y= III que proporcionan una versión sobre la réplica de los cristian= os al gnosticismo; son fáciles de acce­der en bibliotecas o en Internet: Adversus Haereses, de Ireneo, Adversus Marcionem, d= e Tertuliano, y Phi­losophumena o Refutación de todas las Herejías, de Hipólito.

Los documentos que Brown emplea para ofrecer la imagen de Jesús son realmente los mismos que muestran los seguidores de la versión gnóstica del cristianismo. Es­ta corriente de pensamiento se desarrolló durante los si­glos II y III, lo que significa, pues,= que aquellos escritos, que se supone que revelan un conocimiento secreto y verí­dico de Jesús, proceden de ese mismo período:= es decir, más de cien años después de la misi&oacu= te;n de Jesús y muy pos­teriores a cualquiera de los libros del Nuevo Testamento, que fueron compuestos a finales del siglo I.

As&= iacute;, con un criterio amplio y honesto, debemos preguntarnos por qué razón tendríamos que creer, que esos documentos posteriore= s nos hablan mejor de los acontecimientos reales, que los documentos anteriore= s, más cercanos a esos acontecimientos.

&nbs= p;

Los «otros» Evangelios

Est= udiemos ahora los dos documentos a los que los per­sonajes de la novela de Brown prestan una atención espe­cial: el supuesto Evangelio de Feli= pe y el supuesto Evangelio de María, de los cuales extrae Teabing = unos pasajes que indican una íntima y personal relación entre Jesús y María Magdalena, y según llos cuales esa relación provocaba los celos de los apóstoles.

= El Evangelio de Felipe es uno de = los documentos halla­dos en Nag Hammadi, Egipto, en 1945. El sorprendente descubrimiento, conservado en una vasija, constaba de una colección = de 45 títulos diferentes, excluidas las copias. Esta­ban escritos en copto (el lenguaje egipcio traducido a carac­teres griegos), copiados p= or unos monjes anónimos, y casi todos incorporaban algunas ideas gnósticas y varios de ellos reflejan las creencias de los cristianos gnósticos. Basándose en las características de algunas envolturas, los expertos opinan que tales documentos fueron escritos en la segunda mitad del siglo IV, aunque algunos de los originales, de los que ex= iste copia, son ciertamente anteriores.

No = muy anteriores por otra parte. Según indica Philip Jenkins en su libro <= i>The Hidden Gospels, los expertos datan El Evangelio de Felipe del que Teabing lee un párrafo so­bre María como «compañera» de Jesús del 250 d.C. co­mo el más antiguo.

Pue= de recibir el nombre de «evangelio», pero difícilmente mues= tra cualquier materia en común con los Evan­gelios y como la mayoría del material gnóstico, emplea un estilo completamente distinto. El lenguaje de los Evan­gelios canónicos es claro y fi= rme, y destaca la pasión, muerte y resurrección de Jesús. E= l Evangelio de Felipe es un conjunto de frases inconexas y capciosas en forma de diálogo que reflejan claramente el pensamiento gnóstico.

Lo mismo podemos decir de El Evangelio de María, un texto procedente también de Nag Harnmadi. Es más corto que el de Felipe y tiene algo más de trama p= or así decirlo. Jesús habla con sus discípulos antes de partir. María Mag­dalena trata de animarlos compartiendo con ell= os algunas de las enseñanzas de Jesús, enseñanzas que alg= unos após­toles aceptan y otros discuten. Estudiaremos con más= de­talle este documento, pero ahora tratemos de valorarlo como fuente de información sobre la vida y enseñanzas de Jesús.

Par= te de lo que María Magdalena describe en este do­cumento es el ascenso= del alma a través de varias etapas de la vida después de la muert= e. Refleja claramente el pensamiento gnóstico de finales del siglo II, y por esta ra­zón, la mayoría de los expertos lo datan, como mucho en este período.

Bro= wn sostiene la afirmación de su personaje Teabing, según la cual, los documentos de Nag Hammadi, así co­mo los Pergaminos del Mar Muerto, relatan la «verdadera historia del Grial». Esto es realmente curioso. Dos de los cuarenta y cinco textos de Nag Hammadi descri= ben una única, pero no por ello menos ambigua, relación marital e= ntre Jesús y María Magdalena, un tema que desarrollan las enseñanzas de los gnósticos; pero no hay mención al&sh= y;guna a la «historia del Grial», a pesar de lo que él diga. Además, los Manuscritos del Mar Muerto (descubiertos en 1947 y no en 1950 como dice Brown) no contienen textos cristianos en absoluto. Son los textos de una secta  judía eremita, llamada de los esenios,= y lamentablemente, no mencionan a Jesús, a María Magdalena o al Grial.

Est= o es lo que se deduce de esos escritos gnósticos: tie­nen valor por lo que revelan sobre los híbridos cristiano­gnósticos del si= glo II en adelante. Nos indican el modo en que aquellas comunidades usaron la historia de Jesús que aparece en los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lu­cas, ampliamente extendidos a principios del siglo = II y los manipularon a su conveniencia, hablándonos incluso so­bre los conflictos surgidos en el interior de aquellas co­munidades.

Y con todo, estos escritos gnósticos = no nos ofrecen una información independiente y objetiva sobre Jes&uacut= e;s de Na­zaret y sus primeros seguidores.

El experto en Sagrada Escritura John P. Meier r= esume el consenso general entre los eruditos en su libro Un judío margi= nal, cuando escribe:

«Lo que vemos en estos últimos documentos es... la reacción frente al Nuevo Testamento o la reelaboración de sus escritos por... los gnósticos cristianos= con el fin de desarrollar un sistema místico especulativo. Su versi&oacu= te;n de las palabras y los hechos de Jesús pueden incluirse en unos «escritos sobre Jesús», si se entiende sencillamente como nada que cualquier fuente antigua pueda identifi­car como procedente de Jesús. Tales escritos son la red barredora de Mateo (ver Mateo 13, 4= 7 a 48), según el cual, los peces buenos de la tradición primitiva deben ser selec­cionados para el acerbo de una seria investigació= ;n históri­ca, mientras que los peces malos de la posterior invención y de la manipulación deben ser devueltos al turbio = mar de las mentes que carecen de sentido crítico. Nos hemos sentado en la playa, hemos sacado la red y hemos arroja­do de vuelta al mar los ag= rapha, los evangelios apócrifos y el Evangelio de Tomás»= ;.

Así, devolvamos al turbio mar los «evangelios» de Feli­pe, de María y de Tomás. Simplemente, no sirven para in­tentar comprender la misión de Jesús y la forma del cris­tianismo primitivo

 
 
Cap&i= acute;tulo 2

¿Quién seleccionó los Evangelios?

Si vais a aprender de El Código Da Vi= nci algo de historia del cristianismo primitivo, aquí tenéis la lección de hoy:

Jesús fue un hombre sabio, un mortal, so= bre cuya vida se han escrito muchos miles relatos durante aquellos primeros sig= los. De hecho, más de ochenta evan­gelios, pero ¡solamente cuat= ro fueron incluidos en la Bi­blia! ¡Y lo hizo el Emperador Constanti= no en el 325!

Luego, a consecuencia del Concilio de Nicea nos= ha­ce saber El Código Da Vinci, aquellos miles de trabajos que pres= entaban a Jesús como un maestro humano fue­ron suprimidos por meras motivaciones políticas, y, como dice el personaje de Langdon, los que defendían la histo­ria de un Jesús, maestro mortal que según dice, era la historia original de Cristo, fueron llamad= os «herejes».

Hasta este momento, hemos intentado realmente m= an­tener un tono ponderado y objetivo en nuestro tratamiento, pero, llegados a este punto, no podemos continuar.

Esto es un error y más que un error. Es = una fantasía, y ni siquiera la investigación más profana y= la universidad menos religiosa posible apoyarían el relato de Brown so&= shy;bre la formación del Nuevo Testamento.

No es historia seria y no podemos tomarla como = tal. Observemos su peculiar interpretación del pasado con mayor atención, para captar todo lo que hay en las pági­nas de = esta novela tan «objetiva». Y aprovechemos la oportunidad de aprende= r la historia mucho más intere­sante de cómo el Nuevo Testamen= to llegó a serlo.

 

Un desarrollo no tan sorprendente

En El Código Da Vinci, el erudito= Teabing deja aparente­mente atónita a Sophie cuando le anuncia: «La Biblia no nos llegó impuesta desde el cielo» (p. 287). Se supo= ne que esta es una noticia sorprendente, con la que contrasta su relato de lo = que «sucedió en realidad».

La consecuencia es que, si la Biblia realmente = no nos cayó de las nubes completa, acabada y con un útil índi= ce de materias escrito por Dios, la única alternativa que nos queda es pensar que la formación de la Escritura fue un proceso en el cual pasajes igualmente válidos de la vida de Jesús fueron aceptad= os o descartados por gentes movidas por el deseo de poder.

Pues bien: sencillamente, eso no sucedió= .

Podéis estar seguros de que el proceso el estableci­miento del Canon de la Sagrada Escritura no es secreto. Uno p= uede sacar un libro de la biblioteca y enterarse de toda la historia en cuestión de minutos. Y sobre todo, la participación humana no disminuye la santidad de los li­bros.

Después de todo, Jesús no nos dejó una Biblia cuando subió al cielo. Dejó una Iglesi= a: los apóstoles, María su madre, y otros discípulos entre los que había hombres y mujeres. Tan esencial como es la Biblia para= los cristianos como fundamento y fuente segura de la revelación, es importante destacar que durante aquellas primeras déca­das, los cristianos vivían, aprendían y rezaban sin el Nue­vo Testamento. Habían recibido la fe por reflejo del Antiguo Testamento= y por medio de la enseñanza oral, esa fe enraizó con el testimo= nio de los apóstoles; y esta fe fue moldeada y alimentada a travé= s de sus encuentros con el Señor vivo en el bautismo, en la Cena del Señor, en el perdón de los pecados y en la vida compartida con otros cristianos.

Y no por otro camino que el de esta iglesia lle= garon los li­bros del Nuevo Testamento: el testimonio escrito final­mente= por los testigos de Jesús, cribado y concreto.

¿No llegó un fax del cielo? No hay problema. Quizá fue una gran noticia para la pobre Sophie, pero no es una novedad para nosotros.

 

Dichos e historias

Desde los primeros inicios, algunos textos cris= tianos fue­ron valorados por encima de otros.

Y lo fueron por varias razones: tenían su origen en la primera época apostólica; conservaban con exactitud las palabras y los hechos de Jesús; podían emplearse en la li­turgia, la predicación y la enseñanza para comunicar fiel­mente la f= e en Jesús a toda la comunidad cristiana.

Por favor, advierte la ausencia de «refer= encias al sa­grado femenino» o de «injurias al poder de las mujeres» en la lista.

De todos modos, hacia la segunda mitad del sigl= o II, los cristianos ya se habían afianzado en lo que llegaría a llamarse «la regla de la fe»: dos importantes conjuntos de escritos: los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y las Cartas de Pa= blo.

¿Cómo sabemos que aquellos trabaj= os fueron los se­leccionados? Porque se leían en el culto y aparece= n re­ferencias a ellos en los escritos de los Padres cristianos que han llegado hasta nosotros.

Es realmente importante apuntar que a pesar de = lo que dice Brown, no había ochenta evangelios en circu­lación. = De hecho, ese número carece absolutamente de base.

Seguramente existieron otros evangelios junto a= los cuatro de nuestro Nuevo Testamento. Lucas lo indica cla­ramente al comi= enzo del suyo:

«Ya que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han cumplido entre nosotros... me pare­c= ió también a mí, después de haber estudiado todas las cos= as con exactitud desde los orígenes, escribírtelo por su orden, distinguido Teófilo, para que conozcas la firmeza de las enseñanzas que has recibido».

= «Evangelio» significa literalmente «buena nueva». El Evangelio es la Buena Nueva de nues­tra salvación por medio de Jesucristo. Los Evange&= shy;lios son relatos escritos de esa Buena Nueva.

 

Los experto= s creen que el conjunto de los dichos y en­señanzas de Jesús sirvió de fuente a los Evangelios, y que hubo unos pocos El Evang= elio de Pedro, El Evangelio de los Egipcios y El Evangelio de los Hebreos= que tuvieron un uso muy limitado.

El hecho es= que, incluso ya a mediados del siglo II, los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron las fuentes primitivas que usaron los primeros cristianos pa&sh= y;ra difundir la historia de Jesús a través de la enseñanza= y el culto.

Igualmente interesante es otra clase de escritos que mucho antes de que fueran escritos los Evangelios, leía la comunidad cristiana durante el culto: las ca= rtas de Pablo.

Es cierto. = Los primeros libros escritos del Nuevo Tes­tamento fueron las cartas de Pab= lo, quizá la 1 Tesaloni­censes, escrita aproximadamente en el a&ntil= de;o 50 d.C. Pablo se convirtió en seguidor de Cristo dos o tres añ= ;os después de la muerte y resurrección de Jesús, y pasó el resto de su vida viajando, creando comunidades cristianas a = lo largo de todo el Mediterráneo y como sabemos, murió má= rtir en Roma. Escribió numerosas cartas a las comunidades que había fundado y posteriormente, aquellas comunida­des empezaron a hacer copia= s de las cartas y a enviarlas a otros cristianos. De hecho, la colección = de cartas de Pablo circulaba ya entre ellos al final del siglo I.

= En la novela, Teabing describe un «legendario Documento Q», de la enseñanza de Jesús, escrito quizá por su propia mano, = cuya existencia admite incluso el Vaticano. La verdad sobre «Q», no = es tan sorprendente. Existe una gran cantidad de material que comparten Mateo y Lucas, no Marcos. La hipótesis de los expertos sugiere que podrían haber empleado una fuente documental común, llamada «Q», por quelle, la palabra alemana para «fuente». = El Vaticano junto con otras muchas personas está completamente de acuer= do con su posible existencia.

Aho= ra, volvamos atrás y veamos hasta dónde hemos llegado.

Desde muy pronto, los relatos de la vida de Jesús que con el tiempo fueron reunidos en los cuatro Evangelios que= hoy tenemos, circulaban entre los cristianos, que los consideraban un relato fi= el de la vida del Cristo vivo y un auténtico punto de encuentro con Él. También estaban di­fundidas las cartas de Pablo, que = se usaban para el culto, junto a textos del Antiguo Testamento. Los escritores cris­tianos los citan con frecuencia. La historia que nos trans­mit= en de Jesús como Aquel a quien Dios envió para re­conciliar = al mundo, que padeció, murió y resucitó, y ahora reina co= mo Dios y Señor fue la historia que mol­deó el pensamiento, = el culto y la vida de los primeros cris­tianos.

Hablando con propiedad, no existieron «miles», de do­cumentos que «informaran de Su vida co= mo hombre mor­tal», ni existieron otros ochenta evangelios qu= e, como dice un personaje de la novela, a partir de los cuales se eligiera solo algunos, como si se tratara de un conjunto de códices y pergaminos e= n la mesa de reunión de un consejo de ad­ministración. De eso estamos completamente seguros.

Volviendo a los Evangelios (que es nuestro asun= to principal), no cabe duda de que los que hoy tenemos fue­ron considerados como normativos por la comunidad cristiana a mediados del siglo II. Escrito= res cristianos co­mo Justino el Mártir, Tertuliano e Ireneo que escribieron y enseñaron en su tiempo en Roma, África del Nort= e y Lyon (en lo que ahora es Francia), respectivamente se re­fieren a los cuatro Evangelios que conocemos ahora co­mo las primeras fuentes de información sobre Jesús.

Sencillamente, Constantino no lo hizo.

 

Innumerables traducciones, adiciones y revisiones

Según relata la novela, en su conferencia sobre la historia de la Biblia, después de afirmar que la Escritura = no llegó por fax, Teabing alerta a Sophie sobre las «innumerables traducciones, adiciones y revisiones. Históricamente, nunca ha habido una versión definitiva del libro».

Bien, de acuerdo, si por «definitivos&raq= uo; quieres decir «textos absolutamente originales escritos por la mano d= e su autor».

De nuevo, esto es lo que llamamos «sofisma»: un aspec­to que aparece en una argumentaci&oacut= e;n y que es increíble.

Ciertamente, existen muchos manuscritos del Nue= vo Testamento y muchos fragmentos de los libros: más de cinco mil fragmentos de los primeros siglos del cristianismo, el más antiguo fechado en el 125 a 130 d.C., junto a más de treinta datados a final= es del siglo II o primeros del III, que contie­nen «gran cantidad de libros enteros, y dos que contienen la mayoría de los evangelios, los Hechos o las cartas de Pablo» (Craig Blomberg en Reasonable Faith,= de William Lane Craig).

En esos manuscritos aparecen algunas variacione= s in­significantes, pero es importante apuntar lo siguiente:

«Las únicas variaciones del texto = que afectan a más de una frase o dos (y la mayoría afectan solame= nte a una pa­labra aislada o a una frase) son Juan 7,53; 8,11 y Marcos 16, 920... Pero, sobre todo, el 97 a 99 % del Nuevo Testa­mento puede ser reconstruido más allá de cualquier duda razonable».

Ahora, si os tomáis la molestia, atended= a esto:

«De la Guerra de las Galias (aprox= imadamente, 50 a.C.) solo hay nueve o diez manuscritos fiables, y el más antiguo data de novecientos años después de los sucesos que relata. S= olo sobreviven treinta y cinco libros de los ciento cuarenta y dos de la histor= ia de Roma de Livio, y de los veinte manuscritos, solo uno data del siglo IV (Livio vivió desde el 64 a.C. hasta el 12 d.C.). De los catorce li&s= hy;bros de la historia de Roma de Tácito solamente tenemos cuatro y medio en= dos manuscritos que se remontan a los siglos IX y X. El caso es, sencillamente,= que existe la evi­dencia de que los autores del Nuevo Testamento aventajan = en tiempo a la documentación que poseemos de cual­quier otro escrito antiguo. No hay base para afirmar que las ediciones clásicas del Nue= vo Testamento griego no si­guen fielmente lo que los escritores del Nuevo Testamento escribieron en realidad».

Los cristianos sabemos que nuestras Escrituras = son el resultado de la acción de Dios a través de instrumentos human= os. Esos instrumentos son imperfectos, limitados, pero el caso es que el testim= onio de los manuscritos del Nuevo Testamento es, en gran parte, el de unos relat= os an­tiguos y convincentes, cuyas variaciones manuscritas no alteran el s= ignificado del texto.

 

La formación del Canon

Ahora bien, ciertamente hubo otros libros que circulaban entre las comunidades cristianas e incluso, se usaban en la liturgia. Textos instructivos como Didache y El Pastor de Hermas.= Hubo cartas de otros apóstoles o de los que es­taban unidos a ellos. = La Primera Carta de Clemente, escrita alrededor del 96 d.C. desde la Iglesia de Ro= ma a la Iglesia de Corinto, estuvo ampliamente difundida, especialmente en Egipt= o y en Siria. Incluso hubo otros textos que con el título de «evangelios» emplearon varias comunidades cristianas: por ejemp= lo, un Evangelio de los Hebreos, un Evangelio de los Egipcios y u= n Evangelio de Pedro.

¿Por qué no figuran hoy en nuestro Nuevo Testamento?

Existen razones que es preciso aclarar aqu&iacu= te; frente a esas otras que no tienen nada que ver con las maquina­ciones políticas que sugiere Brown, ni nada que ver con el Concilio de Nice= a o de Constantinopla. Es también importante señalar que los text= os gnósticos en los que Brown centra su teoría nunca fuer= on considerados ca­nónicos excepto por los autores gnósticos= que los escri­bieron.

Como sucede en muchas ocasiones a lo largo de l= a his­toria del cristianismo, el motivo para determinar qué li­bros eran aceptables para su uso en el culto fue la res­puesta de la Iglesia a un desafío.

Canon: De una palabra griega que sig= nifica «regla», es el grupo de libros reconocido por la Iglesia como inspirados por Dios y autorizados para ser emplea­dos por toda la Igles= ia.

El desafío se produjo a mediados del sig= lo II y tomó dos direcciones: la del movimiento que trataba de reducir drásticamente el número de libros reconocidos como Sa­gra= da Escritura, y la del movimiento que trataba de añadir otros libros. <= /span>

El primer tipo de oposición proced&iacut= e;a de un hombre llamado Mar­ción. Marción, hijo de un obispo qu= e, por cierto lo exco­mulgó, organizó un movimiento en Roma a favor de sus creencias que, entre otros puntos rechazaba al Dios que descri= be el Antiguo Testamento. Enseñaba que las únicas Escrituras válidas para los cristianos eran solo diez car­tas de San Pablo y una versión corregida del Evangelio de Lucas.

Puede resultar sorprendente el hecho= de que Mar­ción fuera hijo de un obispo, especialmente por la afirmación de Brown sobre la enemistad del cristianismo primitivo ha= cia el matrimonio y la sexualidad. En la cristiandad oriental, tanto católicos como ortodoxos pueden ca­sarse. Esta tradición = se remonta a la antigüedad. Por ejemplo, san Patricio de Irlanda era hijo= de un diácono y nieto de un sacerdote.

El segundo tipo de oposición parti&oacut= e; de los gnósticos, ya estudiados en el capítulo anterior, y de ot= ra herejía lla­mada montanismo. Tales versiones del cristianismo te= ­nían sus propios libros, como hemos visto, y la pregunta surge inmediatamente: ¿Qué lugar ocupan? ¿Representan un conocimiento válido de Jesús?

La presión venía por ambos lados: Marción deseaba eliminar libros; los gnósticos exigían= la misma autoridad para los suyos. Obviamente, era necesaria una definición.

Lo primero, pongamos en claro un punto. La nece= si­dad de la definición no surgió porque las personas que es­tab= an en el poder sintieran amenazada su posición. Du­rante ese período, el cristianismo era una minoría religiosa, perseguida periódicamente por las autoridades romanas, y cuyos seguidores arriesgaban mucho inclui­das sus vidas para ser fieles a la fe en Crist= o. Permanecer fiel al Evangelio no era beneficioso. Si acaso, era todo lo contrario.

No; la necesidad de la definición naci&o= acute; por la gravedad de las consecuencias de aceptar tanto las ideas de Marci&oa= cute;n como la idea gnóstica de Cristo. Ambas, cada una por su lado, ofre&s= hy;cían una explicación distinta que rebajaba la persona de Je­sú= s y su enseñanza. Ambas separaban tajantemente al cris­tianismo de s= us raíces judías, y en especial el gnosticismo despojaba a Jesús de su humanidad. Ningún relato gnósti­cocris= tiano incluye la Pasión y Muerte de Jesús. Ambas presentaban una im= agen de Jesús profundamente ajena a los recuerdos que los primeros cristi= anos guardaban de Él, recuerdos que están documentados en los cuat= ro Evangelios, en Pa­blo y en la vida de la Iglesia que iba desarrollándose.

En respuesta a estos desafíos, los líderes cristianos empezaron a definir con mayor claridad los libros apro­piados para su uso en las Iglesias cristianas en la liturgia y en = la catequesis. Durante un par de siglos, esto se hizo a través de estud= ios en común y de las definiciones de cada obispo. Los Evangelios y las cartas paulinas eran el núcleo comúnmente aceptado. Algunos obispos, especialmente los de Occidente, pensaban que la carta a los Hebreo= s no era aceptable, y algunos obispos orientales no estaban segu­ros sobre el Apocalipsis o Libro de la Revelación.

Sin embargo, las dudas no versaban sobre el mérito espiritual de esos libros. Las dudas estaban siempre rela­= ;cionadas con la calidad implícita de este proceso desde el principio: ¿Qué libros encarnaban mejor quién era y es Jesú= ;s para toda la Iglesia? ¿Proceden esos libros de la época de los apóstoles? ¿Coinciden los Evangelios lo que nos dicen de Jesús? ¿Son edificantes para el conjunto de la Iglesia o tien= en un interés más local?

No; a lo mejor estáis pensando que discutían sobre: ¿No contendrán una historia secreta s= obre Jesús y María Magdalena que debemos ocultar al mundo?».= No. Ese no parecía ser el problema.

Con el tiempo, cuando el cristianismo estuvo más asentado, y desaparecida la amenaza de la persecución, los líderes cristianos fueron capaces de reunirse y tomar decisiones para una Iglesia más extensa. El Concilio de Laodicea, alrededor del 363 d.C., confirmó la enseñanza y los usos seculares de la Iglesia por medio de una lista de libros canónicos que incluían todos= los que conocemos, excepto el Apocalipsis. En el 393, un concilio reunido en Hipona, en el norte de África, estableció el Canon in­clu= yendo el Apocalipsis, tal y como lo conocemos hoy, y declaró que aquellos libros eran los libros que debían leerse en los templos en voz alta y añadiendo, y es importante apuntarlo, que en el día de la fie= sta de los mártires, también debía leerse el relato del padecimiento y muerte del mártir. Esto era varios años después del decreto de Constantino.

Resumiendo: repasemos el proceso una vez m&aacu= te;s: Los apóstoles y otros discípulos fueron testigos de la predic= a­ción de Jesús, de su ministerio, de sus milagros, de sus padecimientos, d= e su muerte y de su resurrección. Guar­daron lo que habían vis= to y oído y lo transmitieron. Desde su aparición, los primeros tex= tos escritos fueron cons­tantemente comparados con la antigua historia rela= tada por los primeros testigos. Finalmente, frente a las nuevas enseñanzas surgidas en directa contradicción con los an­tiguos testimonios,= los líderes de la Iglesia declararon que, por estar ligados a los apóstoles y coincidir con los antiguos testimonios, estos libros son= los apropiados para el uso en el culto y para transmitir la fe en Jesús.=

N= o hay secreto, podemos añadir. No hay unos conoci­mientos ocultos que = los obispos hayan ido pasando de mano en mano por orden del emperador Constanti= no. El proceso estaba ahí, a la vista, desde los testimonios originales hasta la gradual definición del canon.

Y no fueron suprimidos miles de relatos sobre Jesús, ni tampoco ochenta evangelios. En una novela, quizá, p= e­ro no en la realidad.

 

¿Y qué?

Puede parecer un punto de poca importancia, per= o no lo es. Muchos lectores se han sentido desconcertados por la versión = de la historia que ofrece El Código Da Vinci. Pare­ce insinu= ar que la Biblia que hoy tenemos es el resultado del rechazo desleal hacia los relatos válidos de Jesús por parte de los líderes de la Iglesia, que se veían amenazados por ellos.

Como habéis visto, no fue así. Sí; las manos huma­nas desempeñaron un papel en el establecimiento del Canon, pero sus decisiones no fueron motivadas por el d= eseo de oprimir a las mujeres o de conservar el poder. Se vieron en la obligación muy seriamente asumida de asegurarse de que la vida y el mensaje de Jesús fueran absoluta y exactamente preservados para las futuras ge­neraciones en un Canon inspirado por el Espíritu Santo según la fe cristiana. Por supuesto, hubo libros que no se incluyero= n. Unos porque no eran de aplicación universal, o porque sus huellas no= se remontaban a los tiempos apostólicos. Otros fueron rechazados porque solamente eran descripciones  de Jesús difícilmente reco= nocible como el mismo Jesús que encontramos en los Evan­gelios y en Pabl= o en intentos para situarlo en filosofías y movimientos espiritua­les nuevo

 
Cap&i= acute;tulo 3

Elección divina

Según El Código Da Vinci, = el cristianismo que conocemos hoy no es obra de Jesús y sus discípulos, sino del empera­dor Constantino, que reinó en= el Imperio Romano en el siglo IV.

¿Es cierto?

¿Es preciso deletreado? Por supuesto que= no.

Cie= rtamente, el cristianismo moderno puede ser diver­so, pero el núcleo de la= fe cristiana es la creencia en que Jesús, perfecto Dios y perfecto Homb= re, es el Único a tra­vés del cual Dios se reconcilió = con el mundo y con cada uno de nosotros, y que la salvación (la participación en la vida de Dios) se alcanza a través de la f= e en Jesús, que no está muerto, sino que vive.

Hablando a través de los personajes de = su libro, Brown pretende hacemos creer que la fe es una creación de un emperador romano del siglo IV. En su opinión (ex­plicada por Teabing), esto es lo que sucedió:

Jes= ús fue venerado como un sabio maestro humano. Los escritos que exaltaban su humanidad fueron ampliamente difundidos. Recordemos, «miles de ellos». Cuando Constan­tino llegó al poder, se sinti&oacut= e; inquieto por los conflictos entre el cristianismo y el paganismo que amenaz= aban con dividir su Imperio. Así que eligió el cristianismo, y reunió en el Con­cilio de Nicea a cientos de obispos a los que obligó a afirmar que Jesús era el Hijo de Dios, y eso fue tod= o.

Sinceramente, esto es muy extraño. Veámoslo poco a poco, y luego tratemos del tema crucial de la divini= dad de Jesús.

&nbs= p;

C= onstantino

Con= stantino (aproximadamente. del 272 al 337 d.C.) ini­ció su reinado como emperador romano en el 306 d.C. y asentó su poder en el 312 d.C. al vencer a un rival en la fa­mosa batalla de Puente Milvio, en la que se sintió fortale­cido e inspirado por una visión que consideró cristiana 

No está claro lo que Constantino vio ni cuándo (si antes de esta batalla o después de alguna otra). Al­gunas versio= nes dicen que se trató de «chiro», las le­tras griegas «x» y «r» combinadas, que son las dos primeras letr= as de Cristo «Xrstoç». Otros relatos di&sh= y;cen que fue una cruz.

Has= ta ese momento, la práctica de la doctrina cristia­na era esencialmente ilegal en el Imperio Romano y de hecho, solo unos años antes (303 a = 305 d.C.), los cristianos habían sufrido una persecución especial= mente despiada­da en todo el Imperio bajo el reinado de Diocleciano.

(Se= ría oportuno detenemos aquí y preguntamos el mo­tivo de que el Imper= io Romano encarcelara y torturara a los que permanecían fieles a un mae= stro sabio, si Jesús no era más que eso. Y ¿por qué habían de ser una amenaza pa­ra el Imperio los seguidores de aqu= el maestro sabio? En el Imperio abundaban los sistemas y las escuelas filosóficas. No estaban perseguidas. ¿Por qué lo era el cristianismo?).

Por alguna razón quizá una tenue luz de la verdadera fe, la prese= ncia de cristianos en su propia familia o alguna misteriosa estrategia política, una de las primeras actua­ciones de Constantino fue la= de publicar un edicto de tole­rancia del cristianismo, que daba fin a las persecuciones al menos por el momento.

Es = cierto que durante su reinado, Constantino amplió no solo la tolerancia, si= no sus preferencias por el cristianis­mo. Los motivos no están clar= os. Deseaba unificar el Impe­rio, seriamente agitado durante un siglo por l= as divisiones y los continuos conflictos. Ciertamente, la religión representa­ba un instrumento en aquel proyecto, y, quizá, &eacut= e;l detectaba la fuerza del cristianismo y el declive del poder tradicional de = la religión romana. Quizá influyeron los pensadores cris­tia= nos que tenían acceso a él, y posiblemente alguien de su propia familia, pero parece que finalmente, Constantino de­cidió hacer = del cristianismo la única fuerza unitiva.

Tod= o ello resulta muy extraño para nosotros, acostum­brados como estamos a= la separación entre la Iglesia y el Estado, una situación que sencillamente, no existía en el mundo antiguo ni en ninguna cultura. Cualquier Estado se sabía apoyado en cierto modo por el favor divino, con la subsiguiente responsabilidad de apoyar, a su vez, a las instituciones religiosas. Hasta Constantino, aquellas insti­tuciones habían si= do los templos de los dioses romanos. Cuando Constantino cambió de opinión y apoyó a la cris­tiandad, asumió, naturalmente, la misma actitud respecto a las instituciones cristianas, financiando la construcción de templos e interviniendo en los asunto= s de la Iglesia de un modo hoy sorprendente para nosotros.

Brown dice que Constantino hizo del cristianismo la religi&oacu= te;n oficial del Imperio Romano. No lo hizo. Pro­porcionó un fuerte a= poyo imperial al cristianismo, pe­ro el cristianismo no llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano hasta el reinado del Emperador Teodosio, que gobernó desde el 379 d.C.