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DEL
VATICANO, miércoles,
1 noviembre 2006 (ZENIT.org).-
Publicamos la
traducción al
español del discurso
de Benedicto XVI en
la Universidad de
Ratisbona,
pronunciado el 12 de
septiembre durante
su visita pastoral a
Baviera, y las notas
posteriores que el
mismo Papa ha
añadido tras las
duras reacciones de
exponentes
islámicos. El título
que el Santo Padre
había dado al
discurso fue «Fe,
razón y universidad.
Recuerdos y
reflexiones».
Fe,
razón y universidad.
Recuerdos y
reflexiones

Eminencias,
Rectores Magníficos,
Excelencias,
Ilustres señoras y
señores:
Para mí es un
momento
emocionante
encontrarme de
nuevo en la
universidad y
poder impartir
una vez más una
lección
magistral. Me
hace pensar en
aquellos años en
los que, tras un
hermoso período
en el Instituto
Superior de
Freising, inicié
mi actividad
como profesor en
la universidad
de Bonn. Era el
año 1959, cuando
la antigua
universidad
tenía todavía
profesores
ordinarios. No
había auxiliares
ni dactilógrafos
para las
cátedras, pero
se daba en
cambio un
contacto muy
directo con los
alumnos y, sobre
todo, entre los
profesores. Nos
reuníamos antes
y después de las
clases en las
salas de
profesores. Los
contactos con
los
historiadores,
los filósofos,
los filólogos y
naturalmente
también entre
las dos
facultades
teológicas eran
muy estrechos.
Una vez cada
semestre había
un dies
academicus,
en el que los
profesores de
todas las
facultades se
presentaban ante
los estudiantes
de la
universidad,
haciendo posible
así una
experiencia de
Universitas
—algo a lo que
hace poco ha
aludido también
usted, Señor
Rector—; es
decir, la
experiencia de
que, no obstante
todas las
especializaciones
que a veces nos
impiden
comunicarnos
entre nosotros,
formamos un todo
y trabajamos en
el todo de la
única razón con
sus diferentes
dimensiones,
colaborando así
también en la
común
responsabilidad
respecto al
recto uso de la
razón: era algo
que se
experimentaba
vivamente.
Además, la
universidad se
sentía orgullosa
de sus dos
facultades
teológicas.
Estaba claro que
también ellas,
interrogándose
sobre la
racionabilidad
de la fe,
realizan un
trabajo que
forma parte
necesariamente
del conjunto de
la
Universitas
scientiarum,
aunque no todos
podían compartir
la fe, a cuya
correlación con
la razón común
se dedican los
teólogos. Esta
cohesión
interior en el
cosmos de la
razón no se
alteró ni
siquiera cuando,
en cierta
ocasión, se supo
que uno de los
profesores había
dicho que en
nuestra
universidad
había algo
extraño: dos
facultades que
se ocupaban de
algo que no
existía: Dios.
En el conjunto
de la
universidad
estaba fuera de
discusión que,
incluso ante un
escepticismo tan
radical, seguía
siendo necesario
y razonable
interrogarse
sobre Dios por
medio de la
razón y que esto
debía hacerse en
el contexto de
la tradición de
la fe cristiana.
Recordé todo
esto
recientemente
cuando leí la
parte, publicada
por el profesor
Theodore Khoury
(Münster), del
diálogo que el
docto emperador
bizantino Manuel
II Paleólogo,
tal vez en los
cuarteles de
invierno del año
1391 en Ankara,
mantuvo con un
persa culto
sobre el
cristianismo y
el islam, y
sobre la verdad
de ambos.[1]
Probablemente
fue el mismo
emperador quien
anotó ese
diálogo durante
el asedio de
Constantinopla
entre 1394 y
1402. Así se
explica que sus
razonamientos se
recojan con
mucho más
detalle que las
respuestas de su
interlocutor
persa.[2]
El diálogo
abarca todo el
ámbito de las
estructuras de
la fe contenidas
en la Biblia y
en el Corán, y
se detiene sobre
todo en la
imagen de Dios y
del hombre, pero
también, cada
vez más y
necesariamente,
en la relación
entre las «tres
Leyes», como se
decía, o «tres
órdenes de
vida»: Antiguo
Testamento,
Nuevo Testamento
y Corán. No
quiero hablar
ahora de ello en
este discurso;
sólo quisiera
aludir a un
aspecto —más
bien marginal en
la estructura de
todo el diálogo—
que, en el
contexto del
tema «fe y
razón», me ha
fascinado y que
servirá como
punto de partida
para mis
reflexiones
sobre esta
materia.
En el séptimo
coloquio (διάλεξις,
controversia),
editado por el
profesor Khoury,
el emperador
toca el tema de
la yihad,
la guerra santa.
Seguramente el
emperador sabía
que en la
sura 2, 256
está escrito:
«Ninguna
constricción en
las cosas de
fe». Según dice
una parte de los
expertos, es
probablemente
una de las
suras del
período inicial,
en el que Mahoma
mismo aún no
tenía poder y
estaba
amenazado. Pero,
naturalmente, el
emperador
conocía también
las
disposiciones,
desarrolladas
sucesivamente y
fijadas en el
Corán, acerca de
la guerra santa.
Sin detenerse en
detalles, como
la diferencia de
trato entre los
que poseen el
«Libro» y los
«incrédulos»,
con una
brusquedad que
nos sorprende,
brusquedad que
para nosotros
resulta
inaceptable, se
dirige a su
interlocutor
llanamente con
la pregunta
central sobre la
relación entre
religión y
violencia en
general,
diciendo:
«Muéstrame
también lo que
Mahoma ha traído
de nuevo, y
encontrarás
solamente cosas
malas e
inhumanas, como
su disposición
de difundir por
medio de la
espada la fe que
predicaba».[3]
El emperador,
después de
pronunciarse de
un modo tan
duro, explica
luego
minuciosamente
las razones por
las cuales la
difusión de la
fe mediante la
violencia es
algo insensato.
La violencia
está en
contraste con la
naturaleza de
Dios y la
naturaleza del
alma. «Dios no
se ν λόγω)
es contrariocomplace
con la sangre
—dice—; no
actuar según la
razón (συ
a la naturaleza
de Dios. La fe
es fruto del
alma, no del
cuerpo. Por
tanto, quien
quiere llevar a
otra persona a
la fe necesita
la capacidad de
hablar bien y de
razonar
correctamente, y
no recurrir a la
violencia ni a
las amenazas...
Para convencer a
un alma racional
no hay que
recurrir al
propio brazo ni
a instrumentos
contundentes ni
a ningún otro
medio con el que
se pueda
amenazar de
muerte a una
persona».[4]
En esta
argumentación
contra la
conversión
mediante la
violencia, la
afirmación
decisiva es: no
actuar según la
razón es
contrario a la
naturaleza de
Dios.[5]
El editor,
Theodore Khoury,
comenta: para el
emperador, como
bizantino
educado en la
filosofía
griega, esta
afirmación es
evidente. En
cambio, para la
doctrina
musulmana, Dios
es absolutamente
trascendente. Su
voluntad no está
vinculada a
ninguna de
nuestras
categorías, ni
siquiera a la de
la
racionabilidad.[6]
En este
contexto, Khoury
cita una obra
del conocido
islamista
francés R.
Arnaldez, quien
observa que Ibn
Hazm llega a
decir que Dios
no estaría
vinculado ni
siquiera por su
propia palabra y
que nada le
obligaría a
revelarnos la
verdad. Si él
quisiera, el
hombre debería
practicar
incluso la
idolatría.[7]
A este propósito
se presenta un
dilema en la
comprensión de
Dios, y por
tanto en la
realización
concreta de la
religión, que
hoy nos plantea
un desafío muy
directo. La
convicción de
que actuar
contra la razón
está en
contradicción
con la
naturaleza de
Dios, ¿es
solamente un
pensamiento
griego o vale
siempre y por sí
mismo? Pienso
que en este
punto se
manifiesta la
profunda
consonancia
entre lo griego
en su mejor
sentido y lo que
es fe en Dios
según la Biblia.
Modificando el
primer versículo
del libro del
Génesis, el
primer versículo
de toda la
sagrada
Escritura, san
Juan comienza el
prólogo de su
Evangelio con
las palabras:
«En el principio
ya existía el
Logos». Ésta es
ν λόγω»,
conexactamente
la palabra que
usa el
emperador: Dios
actúa «συ
logos.
Logos
significa tanto
razón como
palabra, una
razón que es
creadora y capaz
de comunicarse,
pero
precisamente
como razón. De
este modo, san
Juan nos ha
brindado la
palabra
conclusiva sobre
el concepto
bíblico de Dios,
la palabra con
la que todos los
caminos de la fe
bíblica, a
menudo arduos y
tortuosos,
alcanzan su
meta, encuentran
su síntesis. En
el principio
existía el
logos, y el
logos es
Dios, nos dice
el evangelista.
El encuentro
entre el mensaje
bíblico y el
pensamiento
griego no era
una simple
casualidad. La
visión de san
Pablo, ante
quien se habían
cerrado los
caminos de Asia
y que en sueños
vio un macedonio
que le
suplicaba: «Ven
a Macedonia y
ayúdanos» (cf.
Hch 16,
6-10), puede
interpretarse
como una
expresión
condensada de la
necesidad
intrínseca de un
acercamiento
entre la fe
bíblica y el
filosofar
griego.
En realidad,
este
acercamiento
había comenzado
desde hacía
mucho tiempo. Ya
el nombre
misterioso de
Dios pronunciado
en la zarza
ardiente, que
distingue a este
Dios del
conjunto de las
divinidades con
múltiples
nombres, y que
afirma de él
simplemente «Yo
soy», su ser, es
una
contraposición
al mito, que
tiene una
estrecha
analogía con el
intento de
Sócrates de
batir y superar
el mito mismo.
[8]
El proceso
iniciado en la
zarza llega a un
nuevo
desarrollo,
dentro del
Antiguo
Testamento,
durante el
destierro, donde
el Dios de
Israel, entonces
privado de la
tierra y del
culto, se
proclama como el
Dios del cielo y
de la tierra,
presentándose
con una simple
fórmula que
prolonga
aquellas
palabras oídas
desde la zarza:
«Yo soy».
Juntamente con
este nuevo
conocimiento de
Dios se da una
especie de
Ilustración, que
se expresa
drásticamente
con la burla de
las divinidades
que no son sino
obra de las
manos del hombre
(cf. Sal
115). De este
modo, a pesar de
toda la dureza
del desacuerdo
con los
soberanos
helenísticos,
que querían
obtener con la
fuerza la
adecuación al
estilo de vida
griego y a su
culto
idolátrico, la
fe bíblica,
durante la época
helenística,
salía desde sí
misma al
encuentro de lo
mejor del
pensamiento
griego, hasta
llegar a un
contacto
recíproco que
después tuvo
lugar
especialmente en
la literatura
sapiencial
tardía. Hoy
sabemos que la
traducción
griega del
Antiguo
Testamento —la
de «los
Setenta»—, que
se hizo en
Alejandría, es
algo más que una
simple
traducción del
texto hebreo (la
cual tal vez
podría juzgarse
poco
positivamente);
en efecto, es en
sí mismo un
testimonio
textual y un
importante paso
específico de la
historia de la
Revelación, en
el cual se
realizó este
encuentro de un
modo que tuvo un
significado
decisivo para el
nacimiento y
difusión del
cristianismo.[9]
En el fondo, se
trata del
encuentro entre
fe y razón,
entre auténtica
ilustración y
religión.
Partiendo
verdaderamente
de la íntima
naturaleza de la
fe cristiana y,
al mismo tiempo,
de la naturaleza
del pensamiento
griego ya
fusionado con la
fe, Manuel II
podía decir: No
actuar «con el
logos» es
contrario a la
naturaleza de
Dios.
Por honradez,
sobre este punto
es preciso
señalar que, en
la Baja Edad
Media, hubo en
la teología
tendencias que
rompen esta
síntesis entre
espíritu griego
y espíritu
cristiano. En
contraste con el
llamado
intelectualismo
agustiniano y
tomista, Juan
Duns Escoto
introdujo un
planteamiento
voluntarista
que, tras
sucesivos
desarrollos,
llevó finalmente
a afirmar que
sólo conocemos
de Dios la
voluntas
ordinata.
Más allá de ésta
existiría la
libertad de
Dios, en virtud
de la cual
habría podido
crear y hacer
incluso lo
contrario de
todo lo que
efectivamente ha
hecho. Aquí se
perfilan
posiciones que
pueden acercarse
a las de Ibn
Hazm y podrían
llevar incluso a
una imagen de
Dios-Arbitrio,
que no está
vinculado ni
siquiera con la
verdad y el
bien. La
trascendencia y
la diversidad de
Dios se acentúan
de una manera
tan exagerada,
que incluso
nuestra razón,
nuestro sentido
de la verdad y
del bien, dejan
de ser un
auténtico espejo
de Dios, cuyas
posibilidades
abismales
permanecen para
nosotros
eternamente
inaccesibles y
escondidas tras
sus decisiones
efectivas. En
contraste con
esto, la fe de
la Iglesia se ha
atenido siempre
a la convicción
de que entre
Dios y nosotros,
entre su eterno
Espíritu creador
y nuestra razón
creada, existe
una verdadera
analogía, en la
que ciertamente
—como dice el IV
concilio de
Letrán en 1215—
las diferencias
son
infinitamente
más grandes que
las semejanzas,
pero sin llegar
por ello a
abolir la
analogía y su
lenguaje. Dios
no se hace más
divino por el
hecho de que lo
alejemos de
nosotros con un
voluntarismo
puro e
impenetrable,
sino que, más
bien, el Dios
verdaderamente
divino es el
Dios que se ha
manifestado como
logos y
ha actuado y
actúa como
logos lleno
de amor por
nosotros.
Ciertamente el
amor, como dice
san Pablo,
«rebasa» el
conocimiento y
por eso es capaz
de percibir más
que el simple
pensamiento (cf.
Ef 3,
19); sin
embargo, sigue
siendo el amor
del Dios-Logos,
por lo cual el
culto
λατρεία»,
un culto quecristiano,
como dice
también san
Pablo, es «λογικη
concuerda con el
Verbo eterno y
con nuestra
razón (cf. Rm
12, 1).
[10]
Este
acercamiento
interior
recíproco que se
ha dado entre la
fe bíblica y el
planteamiento
filosófico del
pensamiento
griego es un
dato de
importancia
decisiva, no
sólo desde el
punto de vista
de la historia
de las
religiones, sino
también del de
la historia
universal, que
también hoy
hemos de
considerar.
Teniendo en
cuenta este
encuentro, no
sorprende que el
cristianismo, no
obstante haber
tenido su origen
y un importante
desarrollo en
Oriente, haya
encontrado
finalmente su
impronta
decisiva en
Europa. Y
podemos decirlo
también a la
inversa: este
encuentro, al
que se une
sucesivamente el
patrimonio de
Roma, creó a
Europa y
permanece como
fundamento de lo
que, con razón,
se puede llamar
Europa.
A la tesis según
la cual el
patrimonio
griego,
críticamente
purificado,
forma parte
integrante de la
fe cristiana se
opone la
pretensión de la
deshelenización
del
cristianismo, la
cual domina cada
vez más las
discusiones
teológicas desde
el inicio de la
época moderna.
Si se analiza
con atención, en
el programa de
la
deshelenización
pueden
observarse tres
etapas que,
aunque
vinculadas entre
sí, se
distinguen
claramente una
de otra por sus
motivaciones y
sus objetivos.[11]
La
deshelenización
surge
inicialmente en
conexión con los
postulados de la
Reforma del
siglo XVI.
Respecto a la
tradición
teológica
escolástica, los
reformadores se
vieron ante una
sistematización
de la teología
totalmente
dominada por la
filosofía, es
decir, por una
articulación de
la fe basada en
un pensamiento
ajeno a la fe
misma. Así, la
fe ya no
aparecía como
palabra
histórica viva,
sino como un
elemento
insertado en la
estructura de un
sistema
filosófico. El
principio de la
sola
Scriptura,
en cambio, busca
la forma pura
primordial de la
fe, tal como se
encuentra
originariamente
en la Palabra
bíblica. La
metafísica se
presenta como un
presupuesto que
proviene de otra
fuente y del
cual se debe
liberar a la fe
para que ésta
vuelva a ser
totalmente ella
misma. Kant, con
su afirmación de
que había tenido
que renunciar a
pensar para
dejar espacio a
la fe,
desarrolló este
programa con un
radicalismo no
previsto por los
reformadores. De
este modo, ancló
la fe
exclusivamente
en la razón
práctica,
negándole el
acceso a la
realidad plena.
La teología
liberal de los
siglos XIX y XX
supuso una
segunda etapa en
el programa de
la
deshelenización,
cuyo
representante
más destacado es
Adolf von
Harnack. En mis
años de
estudiante y en
los primeros de
mi actividad
académica, este
programa ejercía
un gran influjo
también en la
teología
católica. Se
utilizaba como
punto de partida
la distinción de
Pascal entre el
Dios de los
filósofos y el
Dios de Abraham,
Isaac y Jacob.
En mi discurso
inaugural en
Bonn, en 1959,
traté de
afrontar este
asunto
[12]
y no quiero
repetir aquí
todo lo que dije
en aquella
ocasión. Sin
embargo, me
gustaría tratar
de poner de
relieve, al
menos
brevemente, la
novedad que
caracterizaba
esta segunda
etapa de
deshelenización
respecto a la
primera. La idea
central de
Harnack era
simplemente
volver al hombre
Jesús y a su
mero mensaje,
previo a todas
las
elucubraciones
de la teología
y, precisamente,
también de las
helenizaciones:
este mensaje sin
añadidos
constituiría la
verdadera
culminación del
desarrollo
religioso de la
humanidad. Jesús
habría acabado
con el culto
sustituyéndolo
con la moral. En
definitiva, se
presentaba a
Jesús como padre
de un mensaje
moral
humanitario. En
el fondo, el
objetivo de
Harnack era
hacer que el
cristianismo
estuviera en
armonía con la
razón moderna,
librándolo
precisamente de
elementos
aparentemente
filosóficos y
teológicos, como
por ejemplo la
fe en la
divinidad de
Cristo y en la
trinidad de
Dios. En este
sentido, la
exégesis
histórico-crítica
del Nuevo
Testamento,
según su punto
di vista, vuelve
a dar a la
teología un
puesto en el
cosmos de la
universidad:
para Harnack, la
teología es algo
esencialmente
histórico y, por
tanto,
estrictamente
científico. Lo
que investiga
sobre Jesús
mediante la
crítica es, por
decirlo así,
expresión de la
razón práctica
y, por
consiguiente,
puede estar
presente también
en el conjunto
de la
universidad. En
el trasfondo de
todo esto
subyace la
autolimitación
moderna de la
razón,
clásicamente
expresada en las
«críticas» de
Kant, aunque
radicalizada
ulteriormente
entre tanto por
el pensamiento
de las ciencias
naturales. Este
concepto moderno
de la razón se
basa, por
decirlo
brevemente, en
una síntesis
entre platonismo
(cartesianismo)
y empirismo, una
síntesis
corroborada por
el éxito de la
técnica. Por una
parte, se
presupone la
estructura
matemática de la
materia, su
racionalidad
intrínseca, por
decirlo así, que
hace posible
comprender cómo
funciona y puede
ser utilizada:
este presupuesto
de fondo es en
cierto modo el
elemento
platónico en la
comprensión
moderna de la
naturaleza. Por
otra, se trata
de la
posibilidad de
explotar la
naturaleza para
nuestros
propósitos, en
cuyo caso sólo
la posibilidad
de verificar la
verdad o
falsedad
mediante la
experimentación
ofrece la
certeza
decisiva. El
peso entre los
dos polos puede
ser mayor o
menor entre
ellos, según las
circunstancias.
Un pensador tan
drásticamente
positivista como
J. Monod se
declaró
platónico
convencido.
Esto implica dos
orientaciones
fundamentales
decisivas para
nuestra
cuestión. Sólo
el tipo de
certeza que
deriva de la
sinergia entre
matemática y
método empírico
puede
considerarse
científica. Todo
lo que pretenda
ser ciencia ha
de atenerse a
este criterio.
También las
ciencias
humanas, como la
historia, la
psicología, la
sociología y la
filosofía, han
tratado de
aproximarse a
este canon de
valor
científico.
Además, es
importante para
nuestras
reflexiones
constatar que
este método en
cuanto tal
excluye el
problema de
Dios,
presentándolo
como un problema
a-científico o
pre-científico.
Pero de este
modo nos
encontramos ante
una reducción
del ámbito de la
ciencia y de la
razón que es
preciso poner en
discusión.
Volveré más
tarde sobre este
argumento. Por
el momento basta
tener presente
que, desde esta
perspectiva,
cualquier
intento de
mantener la
teología como
disciplina
«científica»
dejaría del
cristianismo
únicamente un
minúsculo
fragmento. Pero
hemos de añadir
más: si la
ciencia en su
conjunto es sólo
esto, entonces
el hombre mismo
sufriría una
reducción, pues
los
interrogantes
propiamente
humanos, es
decir, de dónde
viene y a dónde
va, los
interrogantes de
la religión y de
la ética, no
pueden encontrar
lugar en el
espacio de la
razón común
descrita por la
«ciencia»
entendida de
este modo y
tienen que
desplazarse al
ámbito de lo
subjetivo. El
sujeto,
basándose en su
experiencia,
decide lo que
considera
admisible en el
ámbito religioso
y la
«conciencia»
subjetiva se
convierte, en
definitiva, en
la única
instancia ética.
Pero, de este
modo, el ethos y
la religión
pierden su poder
de crear una
comunidad y se
convierten en un
asunto
totalmente
personal. La
situación que se
crea es
peligrosa para
la humanidad,
como se puede
constatar en las
patologías que
amenazan a la
religión y a la
razón,
patologías que
irrumpen por
necesidad cuando
la razón se
reduce hasta el
punto de que ya
no le interesan
las cuestiones
de la religión y
de la ética. Lo
que queda de
esos intentos de
construir una
ética partiendo
de las reglas de
la evolución, de
la psicología o
de la
sociología, es
simplemente
insuficiente.
Antes de llegar
a las
conclusiones a
las que conduce
todo este
razonamiento,
quiero referirme
brevemente a la
tercera etapa de
la
deshelenización,
que se está
difundiendo
actualmente.
Teniendo en
cuenta el
encuentro entre
múltiples
culturas, se
suele decir hoy
que la síntesis
con el helenismo
en la Iglesia
antigua fue una
primera
inculturación,
que no debería
ser vinculante
para las demás
culturas. Éstas
deberían tener
derecho a volver
atrás, hasta el
momento previo a
dicha
inculturación,
para descubrir
el mensaje puro
del Nuevo
Testamento e
inculturarlo de
nuevo en sus
ambientes
respectivos.
Esta tesis no es
del todo falsa,
pero sí
rudimentaria e
imprecisa. En
efecto, el Nuevo
Testamento fue
escrito en
griego e implica
el contacto con
el espíritu
griego, un
contacto que
había madurado
en el desarrollo
precedente del
Antiguo
Testamento.
Ciertamente, en
el proceso de
formación de la
Iglesia antigua
hay elementos
que no deben
integrarse en
todas las
culturas. Sin
embargo, las
opciones
fundamentales
que atañen
precisamente a
la relación
entre la fe y la
búsqueda de la
razón humana
forman parte de
la fe misma, y
son un
desarrollo
acorde con su
propia
naturaleza.
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